Sentido de la cruz en la vida del cristiano – ¿Por qué la cruz en mi vida?

Gerardo Peñaloza

Seguramente hemos vivido momentos dolorosos en nuestra vida. Quizás lo estemos viviendo ahora mismo. ¿Por qué a mí? ¿Por qué me pasa esto? Se trata de profundos cuestionamientos que nos implican en la pregunta misma. ¿Le podemos dar un sentido desde la perspectiva de la Cruz?

El Evangelio no se abrirá camino en el mundo por “la sabiduría de los discursos”, sino por la potencia misteriosa de la cruz. Es por eso que predicamos a un Cristo crucificado.

El dolor divino más grande lo contemplamos en la cruz. “Este es el madero de la cruz del que está suspendida la salvación del mundo” rezamos el Viernes Santo. Desde aquí, podemos decir que: No es la imposibilidad de explicar el dolor lo que hace perder la fe, sino es la pérdida de fe lo que hace inexplicable el dolor. Pero…

¿Qué hacer en el momento de cruz / sufrimiento?

1.- Elevar la mirada

San Pablo dice que “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rm 8,28). Por eso, la clave de la cuestión es elevar la mirada. Tener una mirada sobrenatural, de fe, sobre los dolores, sobre nuestra propia cruz. A los que sufren en el alma y/o en el cuerpo, podemos decirles con humildad: ¡miren cómo se comportó Dios! No tenemos nosotros aquí abajo solamente fe en la victoria, sino también victoria en la fe.

2.- Confiar

“Jesús, Tú que eres nuestro Dios, dinos: ¿qué podemos hacer en medio del sufrimiento?” Y Jesús, desde lo alto de su cruz, contesta. “Hay algo -dice- que pueden hacer, que también yo hice y hace feliz al Padre: ténganle confianza, confíen en Él, contra todo, contra todos, contra ustedes mismos. Cuando estén en la oscuridad, cuando les amenacen las dificultades y sientan que ya están a punto de rendirse, repónganse y digan: ‘Padre mío, ya no te comprendo, pero confío en Ti’. Y volverán a tener paz.”

Esta es la confianza plena: el abandono, más allá de toda evidencia, al Dios más grande que nosotros, que tiene en su mano todas las cosas, que todo lo sabe, todo lo puede y todo lo provee.

La verdadera victoria está, como enseñan Abraham, Job y sobre todo Jesús, en el abandono al misterio inagotable, creativo, sorprendente de Dios, que tiene recursos más allá de cuanto podamos pensar y comprender. Nunca debemos creer que nos encontramos en un callejón sin salida, porque aunque tengamos esa impresión, la Trinidad es siempre capaz de la creatividad necesaria para una acogida; por tanto, el callejón ciego en el que uno se siente, viene superado por un abandono que es el acto supremo de libertad del hombre, y que se salva en la confianza total a él como Padre lleno de amor y de misericordia.


No es la imposibilidad de explicar el dolor lo que hace perder la fe, sino es la pérdida de fe lo que hace inexplicable el dolor

3.- Perseverar

Poco antes de la pasión, Jesús les dice a sus discípulos: “Han perseverado conmigo en mis pruebas”. “Han perseverado”, es decir: no se han marchado. Es una palabra de alabanza: Han sufrido tanto que se hubieran podido marchar, y sin embargo no lo han hecho.

Podemos hacer frente a la situación de prueba con la perseverancia, la resistencia, la conservación de la Palabra. Mientras la prueba hace volverse atrás, induce a perder el ánimo, el comportamiento directamente contrario no es necesariamente el de la victoria inmediata, sino el de la resistencia, el permanecer firme, sólido. El “permanecer en Jesús” es el modo de oponerse a la prueba. 

Así es como reacciona Jesús en esta lucha de Getsemaní: permaneciendo. Y les pide a sus discípulos que se queden, que no huyan, que no cambien la situación, sino que se enfrenten a la lucha.

4.- El grito y la lamentación como oración

El problema de Job es precisamente comprender cómo una situación de angustia puede ser vivida en la fe. Cada uno de nosotros puede encontrarse, de un momento a otro, en estas condiciones de un mal gravísimo, incurable, y entonces el grito de Job -su lamentación- puede ser el nuestro.

La lamentación es oración que sacude al alma haciendo salir el pus de las llagas más profundas de nuestra existencia y es, por tanto, capaz incluso de liberarnos interiormente. El verdadero sentido de la lamentación consiste en el llorar ante Dios. Sólo Dios, que es Padre, es capaz de soportar las rebeliones y los gritos de sus hijos.

*   *   *

“En esta vida todos somos peregrinos. Y el mismo camino nos proporciona oleajes y tempestades; pero es necesario que vayamos en la barca. Porque si en la barca hay peligro, fuera de ella hay desastre seguro. Por mucha fuerza que tenga en sus brazos el que nada en el mar, al fin será tragado y sumergido por la inmensidad del agua. Es, pues, necesario que vayamos en la barca, esto es, que nos acojamos a un madero, para poder atravesar este mar. Y este madero, que sustenta nuestra debilidad, es la cruz del Señor, con la que nos signamos y nos defendemos de los embates de este mundo. Afrontamos el oleaje; pero quien nos sostiene es el mismo Dios.” (San Agustín)

Rating: 4.4/5. De 7 votos.
Please wait...