Una espiritualidad marginal

Marcelo Cinquemani

Los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, empujaron a Jesús fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo” (Lc 4, 29)

La palabra de Jesús no cayó bien a los nazarenos aquel día. ¿Qué había dicho que pudiera resultar tan molesto? Primero, al leer del rollo el pasaje de Isaías que le alcanzaron, proclama un “año de gracia del Señor”, pero luego, omite la última parte del versículo 2 del capítulo 61 del profeta que dice: “y un día de venganza para nuestro Dios”. Venganza que debía descargarse sobre los enemigos de Israel, los extranjeros, los paganos. La omisión de Jesús, no es casual. Y refrenda lo que quiere decir con dos ejemplos también pertenecientes a la Escritura. Elías y Eliseo son enviados respectivamente a socorrer dos extranjeros en apuros. En definitiva: la salvación de Dios es ofrecida a todos. ¡Está dado el motivo para que varios de los presentes se escandalicen y enojen! La imagen que Jesús presenta de Dios no es a la que su auditorio está acostumbrado.

Los presentes en la sinagoga aquel día tienen una reacción llamativa. Sacan a Jesús fuera de los márgenes de la ciudad. Lo quieren fuera del límite de sus vidas cotidianas.

En ocasiones, el Nuevo Testamento, muestra la ciudad como el lugar donde prima el “pensamiento común”, aquella convicción standard de las cosas, las personas y Dios mismo que no admite cuestionamiento. Oponerse a la visión standard es pasar a ser un desterrado de la ciudad, uno que se mueve en sus márgenes. Juan el Bautista realiza su ministerio lejos de la ciudad. Si alguien está interesado en su mensaje, deberá salir de la incapacidad de cambio que la ciudad genera. Más claro todavía es cuando Jesús, para curar un ciego, “lo toma de la mano y lo condujo a las afueras del pueblo”. El hombre ya curado de la ceguera, ahora ha “visto” (creído) a Jesús, él mismo le ordena “Ni siquiera entres en el pueblo” (cf. Mc 8, 22-26). En definitiva, no vuelvas al modo de pensar y vivir de todos, porque eso es volver a la ceguera. La ciudad aparece en estas ocasiones como la cifra que resume todo ese mundo de “certezas” que no queremos sean cuestionadas ni siquiera por Dios mismo. Como hizo a Jesús, la ciudad expulsará a sus márgenes quien cuestione su modo de vivir, pensar u obrar.

La espiritualidad cristiana, es decir la experiencia auténtica de la cercanía y la comunión con Dios, tiene en sí el germen de esta marginalidad. No se trata de una rebeldía sin sentido o de conciencias algo exaltadas que quieran con estruendo defender lo propio. Es más bien la contraposición casi natural que produce el verdadero rostro de Dios en los grupos humanos que viven ya prescindiendo de Él desde hace tiempo.

El cristianismo está preñado de marginalidad al estilo de su Señor, que nació y murió fuera de la ciudad y sus códigos. Pretender y acariciar como Iglesia puestos de honor, importancia, preponderancia en la sociedad no es buena idea. En nuestra historia de creyentes ello ha llevado siempre a traicionar el evangelio en algún punto con el afán de adecuarnos a la ciudad y su pensamiento común.

Dios está en la ciudad, en cuanto que en ella están sus hijos, aunque la ciudad no siempre quiere conocer el verdadero rostro de Dios: a veces lo margina completamente, otras le pone un rostro hecho a medida por cada uno, lo que es una forma más de marginarlo. Una espiritualidad verdaderamente evangélica exigirá siempre salir del pensamiento común de la ciudad, romper el dogmatismo que impone y, en los márgenes, tal vez volvamos a encontrar a Jesús abriéndose camino entre los ciegos convencidos que ven.

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