Hacer silencio también es celebrar

German Pickelny

Una de las fuentes de las que se nutre la auténtica espiritualidad cristiana es la liturgia, donde el misterio en el que creemos -al celebrarlo en la Iglesia- adquiere una densidad tal que el Señor actúa con, en y para nosotros, cuya fuerza y presencia nos impulsa desde dentro a vivir con mayor plenitud lo que somos hacia lo que estamos llamados a ser. No es tan sencillo percibir esto.

La renovación del Concilio Vaticano II puso en el centro de la reforma litúrgica la “participación plena, consciente, activa y fructuosa” (SC 14. 19. 27. 30. 41. 50. 79. 114) de todo el pueblo de Dios; sin embargo, más de una vez, esto se ha interpretado como el paso de ser “espectadores mudos” (SC 48) –basta una presencia pasiva para “recibir gracia”, pasividad que me coloca fuera del espacio celebrativo donde acontece el misterio- a la pretensión del “rol protagónico” –en el sentido más teatral de la palabra… mientras más hago, digo y me muevo, cerca del centro de la escena, mejor participo-. Tanto una como otra son expresiones de una vivencia equivocada no sólo de la celebración sino también de la vida cristiana en su dimensión sacramental más profunda: cómo se conjuga la trascendencia del Dios vivo y verdadero con mi “intimidad más mía”, cómo se mide la distancia entre el barro de mi humanidad corpórea y la luz de la divino-humanidad gloriosa del Kyrios.

Un elemento que pasa desapercibido -y hasta en cierto sentido molesta- en nuestras celebraciones sacramentales es el silencio. Cuando éste aparece tiende a llamarnos la atención de que algo no está bien, de que alguien se demoró en decir-hacer-cantar algo, de que algo está improvisado, mal preparado… u olvidado. En una cultura acostumbrada al río desbordante de palabras sin sentido y a la adicción de consumir ávidamente hasta la última producción multimedia que nos llega, el silencio es –mínimamente- la manifestación más auténtica de lo distinto. En un tiempo como el nuestro nadie va a parar su marcha –ni a levantar la cabeza de su pantalla- si escucha una catarata de voces gritando o de alarmas sonando… a lo sumo, subirá el volumen de su propio ruido, sea interno o externo, y seguirá su camino. Pero cuando todo se aquieta a nuestro alrededor, cuando no hay nada que compite con las propias voces interiores, cuando podemos palpar el silencio, somos capaces de darnos cuenta que algo se mueve en el fondo del alma. “Nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti” (San Agustín, Confesiones, I,1).

Sabemos que no todos los silencios son iguales. No es el mismo el silencio expectante ante la orquesta por tocar que el del alumno avergonzado por la suspicacia del profesor. En los sacramentos sucede análogamente. Cada tanto nos encontramos en los libros litúrgicos con expresiones tales como “se hace una breve pausa en silencio” o “todos oran en silencio durante un breve espacio de tiempo”.

No obstante –a veces-, la prisa pastoral, la ansiedad del pueblo o el analfabetismo litúrgico, impiden que tal recomendación se lleve a cabo. “Para promover la participación activa se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales. Guárdese, además, a su debido tiempo, un silencio sagrado” (SC 30).

El silencio, como contraste indispensable para realzar los matices del color, como pausa digestiva del mejor de los banquetes, no debe ser amordazado en nuestras misas y rituales. Es necesario dejarlo hablar, porque él nos traducirá mejor que otros lo que tiene para decirnos la Palabra Encarnada, creída y celebrada -aquí y ahora-, para nosotros. Pero no todos los silencios son iguales… y habrá que comenzar a distinguirlos.

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