Un rostro claroscuro

Marcelo Cinquemani

El Cristo de san Damián es mundialmente célebre por la importancia que tuvo en el llamado a san Francisco de Asís. El significativo ícono del Crucificado sigue presidiendo con serena majestad la pequeña capilla bajo la Iglesia de santa Clara en Asís.

                Como buen ícono está plagado de una rica simbología que invita a “leer” el mensaje del Señor muerto, pero ya resucitado por nosotros. La expresión del Rostro y la postura distendida hablan ya de un estado que no pertenece a la Cruz, sino a la Gloria.

                Entre todo el rico mensaje escrito en esta Cruz, hay uno que suele pasar inadvertido. El rostro y el cuello del Crucificado tienen un matiz más oscuro que el resto de su cuerpo.

                En Jesús muerto y resucitado contemplamos el verdadero Rostro de Dios, amándonos hasta la locura. Es un Rostro diáfano, claro, pero al mismo tiempo oscuro, no del todo perceptible. El anónimo iconógrafo daba con este detalle un mensaje inequívoco: el Rostro de Dios en Jesús es claroscuro. No es claridad total, pero tampoco sombra total. Nos pone el desafío de descubrir la forma divina entre luces y sombras de un cuerpo humano crucificado y glorificado.

                Al poco andar en los caminos del Espíritu, fácilmente constatamos lo cierta que es la manifestación de este rostro a media luz. Jesús es el hombre nuevo que, como nueva aurora, asoma sus primeras luces en un mundo de oscuridad. Nosotros, seres en camino, habitamos esa aurora de formas que se confunden entre la luz y la sombra.

                Muchos buscadores sinceros de Dios en sus vidas claudican en la búsqueda al chocar con el hecho que Dios no es un elemento más del conocido mundo al que se lo puede medir, clasificar, cosificar. Él es el totalmente cercano y, al mismo tiempo, totalmente trascendente, al que accedemos entre sombras, confianzas e intuiciones.

                Nuestra mente fascinada siempre por lo “científico” ha convertido el acceso a lo real en cosificación. Tal vez por eso Dios ha dejado de ser real para muchos, porque permanece siempre en una sombra que no nos permite manipularlo a placer.

                Caminar en la fe es andar en senderos de luz y sombra; a veces nos consolará esa certeza interior y casi irrebatible que nos asegura la presencia de Dios en nuestra vida y su acción en el mundo que nos rodea. En otros momentos, la sombra nos parecerá ocultar el rostro divino de todo escenario personal y social.  Lo consideraremos un Dios realmente ausente o, simplemente, inexistente.

Este vaivén de luces y sombras nos puede parecer un escollo molesto en la vida de fe. ¿Por qué Dios no se deja ver con claridad? Sin embargo, tal vez, este caminar en la confianza y el abandono es lo que nos permite adherir a Dios no por aplastante evidencia, sino por el camino de la confianza. Es grandioso pensar que Dios no quiso simplemente agolparnos masivamente en torno suyo, sino que buscó el modo de que fuéramos seducidos y atraídos amorosamente a Él. Sólo un Rostro que nos atrajera sin deslumbrarnos hasta la ceguera de nuestra libertad podía hacerlo. Un Rostro que sin dejar de mostrarnos su luz, nos obligara caminar en la confianza de ser guiados en la oscuridad. Como un amanecer prolongado esperamos el “día sin ocaso” en que aquel Rostro ya no tendrá sombra alguna para nosotros, y su luz iluminará definitivamente nuestro propio rostro con una misma luz.